Albéniz y Chapí: dos centenarios
Por Laura Casares Plana
Se conmemora este año el centenario de la desaparición de dos excelentes figuras de nuestra música: Isaac Manuel Albéniz Pascual y Ruperto Chapí Lorente.
El alma de España queda reflejada en sus músicas: en Albéniz, plena de poesía y de perfume, del encanto de nuestras tierras: sus montañas, sus flores, sus barrios, sus gentes...; en Chapí, plasmando esencialmente el ambiente castizo de Madrid, la espontaneidad y el gracejo del pueblo español.
La precocidad de Albéniz (Camprodón -Gerona-, 1860; Cambo-les-Bains (Francia), 1909), no sólo queda patente en la composición de una Marcha Militar a los ocho años y a que, junto con su hermana Clementina, también dotada para la música, daba conciertos en el Teatro Romea de Barcelona, sino a que a los diez años se marchó de su casa y organizó sus propios conciertos de piano en diferentes zonas de España, como Ávila, Zamora, Málaga, Zaragoza, Cádiz, etc., amén de que, a los doce años se marchó a Sudamérica, realizando la misma actividad en países como Argentina, Brasil o Uruguay, siendo él su propio representante.
Durante la revolución de 1868 su familia se trasladó a Madrid. Allí estudió piano y solfeo en la Escuela Nacional de Música y Declamación (Real Conservatorio). En 1875 realizó su segundo viaje a América y, tras haber dado conciertos en La Habana, Puerto Rico, Santiago de Cuba, México y Nueva York, le escribió a una de sus hermanas diciéndole que estaba cansado de correr mundo y que regresaba a España. Así lo hizo en 1877. En Madrid le presentaron a conde de Morphy, secretario particular de Alfonso XII, quien se convirtió en su protector.
En 1880, el estilo de Albéniz, su estética y sus objetivos están muy bien definidos: buscar la pureza de la música tradicional española, no en balde es uno de los máximos representantes del nacionalismo musical español, junto con Falla, Granados y Turina, siguiendo los pasos de Felipe Pedrell quien, con Barbieri, sentó las bases de este movimiento, y a quien acudió para que le ayudase a perfeccionar su técnica pianística, pero el maestro no aceptó, porque decía que temperamentos como el suyo no eran enseñables, no en vano se denominó a Albéniz el Rubinstein español.
Dos años después se instala en Granada, y sus palabras resumen todo su pensamiento en el campo artístico: "Nada me interesa como el sol que quema las estrechas calles de Granada; si se pudiesen recoger todos sus colores, cómo sería de hermoso... La Granada que yo pretendo dar a conocer a mis paisanos, los catalanes ...es toda arte... toda belleza y emoción y... puede decir a Cataluña: sé mi hermana en arte y mi igual en belleza."
De su monumental obra, aparte de la suite Iberia, Serenata española y Suites españolas, caben destacarse Recuerdos de viaje, Rapsodia española, Cantos de España, e incursiones en el mundo de la zarzuela, con San Antonio de la Florida, y de la ópera, con Pepita Jiménez, adaptación de la novela homónima de Juan de Valera, y Henry Clifford y la trilogía Merlín, con libreto de Lord Clifford, quien le proporcionó a cambio una sustanciosa pensión.
Según Jaime Pahissa, en "Sendas y cumbres de la música española", (...) con su música, Albéniz abrió al mundo las puertas de la fama para las obras de la escuela nacional típica española.
Por lo que respecta a Ruperto Chapí (Villena -Alicante-, 1851- Madrid, 1909), demostró su genialidad a los ocho años, cuando lo contrató la corporación musical Música Nueva de Villena para que tocase el flautín y, pocos años después, el cornetín. En esa época compuso una romanza denominada Amapola, y una gran fantasía que tituló Un día entre bosques (1865). Al año siguiente escribió su primera zarzuela, Estrella del bosque, con texto de Antonio Carrasco Ibáñez, que él mismo retocó y Doble engaño, del mismo autor.
En Madrid le recibió Gaztambide, quien le recomendó en dos teatros y, para que sus penurias disminuyesen, compañeros de conservatorio le proporcionaban alumnos.
En 1869 entró en la Orquesta de Bufos de Madrid, y en 1870 obtuvo una plaza definitiva en la orquesta del Teatro Price, lo que le permitió dedicarse a la composición de manera más relajada. Al año siguiente es Emilio Arrieta, su profesor de composición en esos momentos, quien le pide escribir Abel y Caín, que no llegó a estrenarse.
Con posterioridad escribe piezas secundarias para orquesta, como Perdón, Guillermo Tell y La estrella del norte. Son obras menos conocidas Fantasía morisca y Sinfonía en Re, pero por lo que Chapí ha pasado a la historia es por su gran obra en el campo de la zarzuela. Algunas composiciones en este apartado son: Música clásica, El milagro de la Virgen, La bruja, La tempestad, El rey que rabió, Las hijas del Zebedeo, Las Carceleras, etc.
El musicólogo Peña y Goñi, en La Correspondencia de España, escribió en 1885: "Yo cambiaría cien mil artículos inmejorables, por llamarme Ruperto Chapí y haber escrito la Fantasía morisca, La tempestad, Música clásica y El milagro de la Virgen".
Pero quizás por las obras por las que Chapí ha pasado a la historia sea por El tambor de Granaderos (1894) y por La Revoltosa (1897), dos magníficas partituras en las que encontramos el alma del pueblo español. En la primera, el amor a España y la lucha de los españoles por liberarse del yugo francés; en la segunda, el alma popular y dicharachera del pueblo llano de Madrid. En ambas, ya desde su preludio, nos vemos envueltos en un halo mágico que nos traslada a un mundo fascinante. Su orquestación no tiene nada que envidiar a la de cualquier otro compositor europeo de su tiempo, pues nos encontramos con escenas descriptivas que nos enmarcan directamente en la acción que en la obra se va a representar.
Ahora que se conmemora el bicentenario de la invasión de las tropas francesas, no estaría de más escuchar El tambor de Granaderos para admirar cómo el patriotismo del pueblo español constituye la esencia de esta composición.
Sin lugar a dudas, ambos autores, Chapí y Albéniz, forman parte del rico patrimonio cultural de España, digno de ser recordado, siempre agradable al ser escuchado.